Crisis in Egypt (Spanish)

El Cairo, Egipto. Julio de 2013.

Crisis en el Cairo

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Con más de veinte millones de habitantes si contamos su extrarradio, El Cairo es, con diferencia, la ciudad más poblada del mundo árabe. En los últimos días, además, se ha convertido a nivel mundial en una de las más citadas y turbulentas. La situación económica y laboral en la que está sumida el país ha provocado que sus ciudadanos vuelvan a las calles. El presidente Mohammed Morsi ha sido depuesto por intervención del ejército y sus defensores llevan casi un mes acampados protestando contra lo que consideran un ataque a la democracia. La sensación general es de inestabilidad e incertidumbre en ambos bandos. Inevitablemente, surgen las preguntas: ¿Cómo se ha llegado a esta situación? ¿En qué estado están las cosas ahora mismo? ¿Cuáles son las perspectivas a corto plazo? En definitiva, ¿qué es lo que realmente está pasando en Egipto?

Antecedentes

Prácticamente a nadie se le escapa el hecho de que el epicentro de lo que vino a llamarse la Primavera Árabe se localizaría sobre todo en dos países que, por la importancia de sus líderes derrocados, tuvieron una significación relevante en los movimientos revolucionarios que acabarían por extenderse rápidamente por otros muchos países de África y Oriente Medio, deponiendo uno tras otro a los líderes que durante décadas los habían gobernado de manera unipersonal y antidemocrática: hablamos de Libia y Egipto.

Fue en Febrero de 2011 cuando, tras treinta años en el poder, caería a manos del ejército el hasta entonces presidente Hosni Mubarak, como colofón al proceso revolucionario que empezó en las calles de El Cairo y que a través de las nuevas tecnologías y las redes sociales acabaría convirtiéndose rápidamente en un clamor popular. Entraba así el país en un período de transición democrática que duraría poco más de un año y en el que el ejército sería el encargado de regular la situación hasta que, en Junio de 2012, se convocaran las primeras elecciones plenamente democráticas en Egipto. En lo que fue una apretada pero –según todas las partes- legítima victoria, llegaría al poder Mohammed Morsi, cabeza del Partido Libertad y Justicia (FJP), ampliamente visto como el ala política del otrora prohibido movimiento de los Hermanos Musulmanes, un grupo cuyo objetivo ha sido desde su fundación incrementar el rol que el Islam juega tanto en el gobierno como en la sociedad en general.

A pesar de la aprobación que entonces tuvo el proceso tanto por parte de musulmanes (85% de la población) como de los cristianos (15%), ha bastado un año para que los ciudadanos de Egipto regresen a las calles. El país volvía a los titulares en el aniversario de la toma de posesión del presidente, en una protesta masiva organizada en las calles de El Cairo el 30 de Junio por un creciente número de opositores a Morsi (sin un distintivo religioso específico), que mostraba así su desacuerdo con la gestión que su gabinete estuvo haciendo sobre todo en el aspecto económico y laboral. La realidad es que desde la caída del otrora presidente Hosni Mubarak, el país está sumido en un profunda recesión económica de la que no es capaz de salir y la tasa de desempleo ha caído de manera alarmante, provocando el hastío de los ciudadanos que se han cansado de vivir en esta situación.

Con este panorama y con la mitad de la población en las calles exigiendo la salida de Morsi del poder, sería el cuerpo militar el que, una vez más y como lo hiciera con Mubarak, decidió actuar y tomar las riendas de la situación. Probablemente inquieto por el número de manifestantes y la creciente situación de violencia en las calles debido a conflictos puntuales entre ambos bandos, el ejército, quizá el cuerpo independiente con mayor peso y autoridad en el país –poseyendo incluso varias empresas estatales-, emitió un comunicado el 1 de Julio de este año advirtiendo al Morsi que había de escuchar la demanda popular bajo amenaza de actuar en un plazo de 48 horas si no encontraban respuesta por su parte. Dicho y hecho. Ante la negativa del presidente, que insistía en la legitimidad de su cargo electo, dos días más tarde, el 3 de Julio, el ejército capturó al presidente y a parte de su gabinete, canceló la constitución, confiscó bienes y tomó el control del país, proponiendo un gobierno de transición presidido por la máxima autoridad militar, Abdul Fattah al Sisi, hasta que se redactase una nueva constitución y se convocasen nuevas elecciones.

El país ha quedado por tanto dividido en dos facciones: por un lado aquellos que apoyan la intervención militar como salvaguarda de las exigencias de la población ante la negativa a escuchar por parte del depuesto presidente –entre los que se encuentran varios líderes políticos y religiosos- y por otro, los que defienden que, puesto que Egipto entró hace un año en un proceso democrático, el ejército no está autorizado a intervenir en política, defendiendo como consecuencia la legitimidad de Mohammed Morsi como presidente del país.

A pie de calle

Consciente del panorama, decido trasladarme a El Cairo y observar de primera mano el estado de las cosas. Lo primero de lo que me percato, antes siquiera de viajar, son las numerosas cancelaciones y cambios de vuelos que, o bien tienen destino, o bien hacen tránsito en Egipto. En el aeropuerto internacional de El Cairo, que conozco de sobra al ser una escala habitual en mis viajes, se vislumbra una inusual presencia de un número bastante elevado de aviones de Egyptair estacionados y sin ningún tipo de movimiento alrededor que vaticine un vuelo en las próximas horas. Sin duda el turismo, una de las principales fuerzas motoras de la economía del país, se ha resentido notablemente debido a la inestabilidad política, agravando aún más el hoyo económico en el que están sumidos los egipcios.

Compro el periódico en su edición inglesa y rápidamente me pongo al día de la última hora. Pero antes de nada, lo primero que quiero es tomarle el pulso a la ciudad, observando asombrado la tranquilidad, al menos aparente, en la que se envuelve todo. Aunque es cierto que siento cierta tensión en el ambiente, no puedo dejar de preguntarme si se deberá a que esté condicionado por las dramáticas imágenes que los medios hemos estado representado recientemente con respecto al conflicto. La realidad, sin embargo, parece ser otra: el restaurante sigue abierto, el estudiante se dirige a clase con normalidad y los coches circulan por las calles de El Cairo sin más temor que el que de por si tiene la circulación en esta ciudad en condiciones normales. A pesar de lo que pueda estar ocurriendo en las plazas, a las que luego me desplazaré, la mayoría de la gente sigue haciendo sus vidas, quizá forzados después de todo a proseguir con la naturalidad que el día a día, por fuerza, imprime en sus vidas.

Antes de dirigirme al epicentro de las protestas quiero corroborar algo. Decido acercarme a los principales puntos turísticos de la ciudad, comprobando de primera mano la sensación de vacío. Me disfrazo de turista por unos minutos y, tras un rato de conversación, el guía del museo egipcio, un arqueólogo y egiptólogo de unos sesenta y pocos, me confiesa que soy el primero en tres semanas, cuando hace un mes atendía a una media de cuatro o cinco grupos al día. Un desastre económico para él y su familia, en su caso afortunadamente suavizado por el ingreso que le suponen sus clases en la universidad.

Plaza Tahrir: todos los puntos cardinales convergen en la plaza de la Liberación, hoy lugar de encuentro de los opositores a Morsi

Es hora de sentir el calor de los manifestantes. Me dirijo a la plaza Tahrir –también conocida como plaza de la Liberación-, en pleno centro de la ciudad. Todo empieza aquí. La revolución que derrocó a Mubarak y las protestas que depusieron a Morsi fueron todas convocadas en este punto. Necesito una vista aérea del lugar, pero no es fácil acceder. Me topo con un fotógrafo egipcio llamado Mohamed al que me engancho rápidamente salvando así numerosos obstáculos lingüísticos y logísticos. La solidaridad y entrega mutua que une a los periodistas en lugares de conflictos es casi tan pura como la de las mujeres que van juntas al baño. No obstante su ayuda, los habitantes de los edificios colindantes a la plaza han hecho de la revuelta su negocio y la lengua del dinero manda: me veo obligado a pagar la tasa de rigor para subir al edificio que la prensa internacional ha tomado como fuerte. Desde las alturas, observo que la plaza está tranquila y semivacía. Hay pocos acampados y un grupo reducido de gente canta mientras portan la tumba de, al parecer, uno de los fallecidos en los altercados recientes. A lo lejos, en dirección al río, se divisa a la policía cortando los accesos a la plaza desde el puente de 6 de Octubre, en el cual días atrás sucedieron los enfrentamientos entre defensores y opositores del depuesto presidente. Las medidas de seguridad y el reducido número de manifestantes prevén una tarde tranquila. Decido desplazarme a otro lugar donde hay mucha más gente congregada.

La mezquita del barrio de Rabaa y sus alrededores se han convertido desde el 1 de Julio en el punto de encuentro de todos los que apoyan a Morsi. Poco tiempo me basta en el lugar para comprobar que es algo más que eso: los hay que lo defienden con carteles y pancartas, pero los hay también que, sin defenderlo, alzan su voz contra la intervención militar y el abuso de poder que según los acampados el ejército está desplegando contra ellos.

Las instalaciones son impresionantes: tras enseñar mi carné de identidad y ser registrado para comprobar que no voy armado, supero la barrera de seguridad que protege a los que se encuentran dentro contra ataques externos. Inmediatamente quedo asombrado ante la cantidad de tiendas de campaña que se han plantando en el lugar. Un escenario sirve de punto central desde donde se leen proclamas políticas. La mezquita dirige el rezo diario las cinco veces reglamentarias y su anexo se ha convertido en sala de prensa improvisada. El pequeño comercio ambulante hace su agosto una vez caída la tarde y terminado el ayuno diario que impone el Ramadán. Voluntarios con pistolas de agua refrescan a la acalorada masa. Ante todo, experimento un ambiente distendido y pacífico. Se lee el periódico, se reza el Corán y se comenta lo acontecido en los últimos días con los vecinos.

Como en tantas otras ocasiones anteriores, quedo sorprendido por la hospitalidad del mundo árabe. No tardo en encontrar a otro grupo de jóvenes dispuesto a abrirme innumerables puertas a lugares a los que sólo jamás podría haber accedido. Mi nuevo guía y traductor se llama también Mohamed. Tras bromear con el sobre la poca originalidad de la onomástica en Egipto, este ingeniero de unos treinta años me informa de la situación y de su punto de vista del asunto. Conversamos un rato e intento explicarle detalladamente lo que me ha contado su homónimo musulmán en la plaza Tahrir unas horas atrás, y lo difícil que veo una posición común o una posible solución al conflicto. Reconoce mi observación como certera y la incertidumbre como único horizonte visible.

Son las siete de la tarde. Del calor sofocante se pasa gradualmente a la suave brisa nocturna. Mohamed se detiene, se disculpa ante mí, se descalza y se une a los acampados para rezar junto a ellos durante unos quince minutos. Es un momento sobrecogedor en el que el silencio y el rezo dirigido por el almuédano desde la mezquita inunda el lugar. En un punto concreto de los cánticos se da la señal: ha acabado el ayuno. Miles de personas empiezan a comer dátiles al unísono y a beber la leche y el agua que durante el día habían estado restringidos. Terminado el rezo el ambiente es relajado y de alegría. La gente invita a sus hermanos a comer juntos. Allá donde vamos nos ofrecen de todo: agua, refrescos, zumos, dátiles, pan de pita y toda clase de comidas que las mujeres han preparado a sus familias durante el día. Ya bien entrada la noche, Mohamed me invita a cenar junto a él e insiste en llevarme de vuelta al hotel en su vehículo. Está cansado y se va a casa. Por la mañana se levanta temprano para trabajar y tras la jornada laboral volverá a la plaza junto a su mujer y su hija, que han establecido allí su residencia.

Los manifestantes en Rabaa se disculpan ante los vecinos que puedan estar sufriendo las consecuencias de su acampada, pero insisten en la necesidad de seguir allí hasta que se cumplan sus exigencias: primero, que se restablezca la constitución y el presidente; segundo, que se reconozca la intervención militar como ilegítima e impropia de un régimen democrático del siglo XXI (tal vez explicada, según ellos, debido a que muchos de los actuales militares lo eran en época de Mubarak); tercero, que se condenen los abusos de los derechos humanos que se están llevando a cabo en las calles con matanzas y arrestos injustificados a todo oponente a las fuerzas armadas. Sólo si estas exigencias son cumplidas están dispuestos a negociar la posible salida del presidente, siempre por medios democráticos, llámense elecciones o referéndum.

La comunidad internacional no parece tener muy clara una posición con respecto al conflicto. EEUU ha alzado tímidamente la voz exigiendo la liberación del presidente, pero la realidad es que ambos bandos perjuran contra su neutralidad y desconfían de su posición. Los medios han sido criticados por la imagen ofrecida del país, la excesiva dramatización de los hechos y la satanización que están haciendo sobre todo del bando que apoya a Morsi, después de todo, un presidente elegido democráticamente. El país queda así dividido políticamente en un conflicto que, aunque a priori pueda parecerlo, trasciende lo puramente religioso. Lo que está en juego es mucho más que una causa musulmana: los egipcios que lucharon juntos hace dos años por el cambio hacia un régimen democrático discrepan sobre la forma de llevar a cabo esa transición. El papel del ejercito parece ser la clave, pues mientras unos creen que es un cuerpo totalmente necesario para salvaguardar la seguridad y el interés de sus ciudadanos, los otros opinan que la intervención en política de las fuerzas armadas es una muestra más de que el proceso revolucionario no está del todo cumplido. La preocupación principal es cómo encontrar un punto de dialogo entre ambas partes que permita la negociación y el fin definitivo del derramamiento de sangre. El tiempo no parece ser aquí una buena medicina, pues aunque la mayoría de la población se manifiesta de manera pacífica, casi a diario salen a la luz casos de enfrentamientos callejeros entre ambas partes con consecuencias nefastas para ambos bandos. La única luz en este túnel que no parece tener salida es según muchos la propia naturaleza amistosa y tolerante de los egipcios, único rayo de esperanza para aquellos que quieren evitar a toda costa que el país se enfrasque en un enfrentamiento civil a gran escala, lo cual traería resultados fatales para todos.

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